Durante miles de años, los chinos las utilizaron como condimento en sus guisos, además de para elaborar colonias, jabones y ambientadores. Sin embargo y curiosamente, nadie se atrevía a comerla.
Pero ahí no acaba la bonita historia de la naranja. En Babilonia, 800 años antes del nacimiento de Jesucristo, la reina Semíramis mandó traer de la China 2.500 naranjos para que su fastuoso palacio siempre oliese a azahar y al aroma de su fruto. Y fue entonces cuando los médicos, de forma accidental, descubrieron las virtudes medicinales de esta fruta.