LA SAL.
En su nombre se han levantado pueblos, establecido extrañas alianzas, provocado revoluciones y desatado guerras. La sal tenía más valor que el oro y por eso poseerla era un privilegio.
A la sal se le atribuyeron propiedades sobrenaturales -Homero la llamó “sustancia divina”- y era utilizada en rituales mágicos y religiosos. En el cristianismo se asoció a la longevidad, a la verdad y al conocimiento. Ya antes, los romanos ponían sal en la boca de los recién nacidos para que tuvieran sabiduría.
Según antiguas y muy diferentes tradiciones, existe la creencia de que la sal protege de los malos espíritus. Por ejemplo, judíos y mul-sumanes creían que protegía del mal de ojo y en Europa, concretamente en Francia se salaban a los bebés para protegerlos hasta que eran bautizados.