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FATIGA

marzo 15, 2008

FATIGA

Físicamente, es el estado en que una persona se encuentra tras haber realizado un esfuerzo intenso y prolongado: una larga caminata, una o dos horas de bicicleta, de tenis o de natación, etc. Es un fenómeno fisiológico normal y, siempre y cuando la persona no haya abusado de sus esfuerzas, no da una sensación desagradable. El cuerpo parece flotar y hay un cierto embotamiento que invita al sueño. El reposo normal elimina toda fatiga y, a la mañana siguiente el cuerpo vuelve a estar fresco y dispuesto a nuevos esfuerzos.
Sin embargo, si la fatiga adquiere un estado de permanencia, debe usted consultar a su médico, y si esta laxitud va acompañada por diversos malestares, no cometa el error de creer que le duelen el estómago o los ríñones debido al cansancio. Muy al contrario, la fatiga se debe a que hay en su organismo algo anormal.
Una fatiga auténtica, pero que no corresponda al esfuerzo realizado y que no sea disipada por el reposo, puede ser provocada por una enfermedad, por ejemplo la gripe o la hepatitis, o por una infección latente. Asi mismo, un mal funcionamiento del aparato respiratorio (en particular los bronquios), que date de la infancia y que se agrave con los años sin que se le preste atención, es causa de fatiga, como lo son la celulitis y el peso superfluo.
Existen numerosos casos en los que la fatiga es sintomática. Por ejemplo, si la tiroides no suministra su hormona especifica (la tiroxina), se notará sensación de fatiga. Un caso diferente es el de la fatiga nerviosa, que ataca las facultades intelectuales y afecta a la psique.
Existen numerosas causas de fatigas muscular y física, pero todavía son más numerosas las que engendran la fatiga nerviosa. Puesto que ambos tipos de fatiga suelen mezclarse, el número de combinaciones es muy considerable, hasta el punto de que cabe constatar que cada persona tiene su fatiga propia, con causas y efectos peculiares. Por lo tanto, seria vano esperar que cada uno encontrara aquí el mejor medio para eliminar su fatiga. Nos limitaremos a reseñar las más corrientes y las más insidiosas, recordando que es más práctico suprimir las causas que curar los efectos.
La fatiga fisica
La fatiga física no es de temer si descansamos debidamente, ya que apenas el cuerpo está en reposo, los residuos (entre ellos el ácido láctico) acumulados por la fatiga se eliminan de forma natural. Ese maravilloso laboratorio químico que es nuestro cuerpo se encarga de aportar los contravenenos que los neutralizan.
Pero cuando el esfuerzo ha sido excesivo, los músculos, atormentados, se endurecen y, en estado de reposo (sobre todo durante la noche), no es raro que surjan calambres dolorosos. Es mejor no descuidar esta señal de alarma, ya que esta fatiga dolorosa, en vez de quedar localizada, se extiende como mancha de aceite. Las toxinas formadas en los músculos seguirán vertiéndose en la sangre y no serán debidamente eliminadas. El torrente sanguíneo, al continuar su trayecto a través de los vasos, distribuirá las toxinas por todo el cuerpo, provocando una intoxicación general que llegará a los órganos, los centros nerviosos y las glándulas.
Se reconoce este tipo de fatiga al notar, por la mañana, dificultades para asumir el ritmo de vida normal. Nuca, espalda, muslos, hombros y región lumbar presentan rigidez y sensaciones dolorosas. Se bosteza sin cesar, y uno tiene la certidumbre de que si pudiera volver a acostarse dormiría varias horas más.
A medida que transcurre la jornada, la rigidez muscular se desvanece en parte gracias al ejercicio, pero queda algún punto sensible y fijo, como un pinchazo, por ejemplo entre los omoplatos.
Al acercarse la noche, aparecen otros signos. Los párpados están enrojecidos, los ojos pican y rehuyen la luz demasiado viva. Hay sensación de calambre en las pantorrillas, cuyos músculos se endurecen. En cambio, el apetito es intenso y resulta difícil saciarlo.
La vida moderna tiene muchos inconvenientes pero también presenta sus ventajas, y diversas máquinas y aparatos —lavadoras, aspiradoras, batidoras, motocultivadoras, lavavajillas, etc.— pueden evitar no pocas fatigas.
La pausa bienhechora
En Gran Bretaña, la hora sacrosanta del té es respetada por todos, en el hogar y en los lugares de trabajo. Una taza de té y los diez minutos de descanso que comporta recargan las baterías y confieren nuevo impulso.
¿Por qué no inspirarnos en esta costumbre?
Cortemos la tarde con una taza de té o de café (no muy fuerte), o, mejor, con un zumo de fruta, fuente de vitamina C, que es la vitamina del esfuerzo. Para darle mayor poder reconstituyente, añádase al té una buena cucharada de miel, pero hay quien prefiere la leche, que es una de las bebidas más apreciadas en América.
La leche tiene virtudes que la convierten —y no sólo para los niños, sino también para los adultos— en uno de los mejores dopings naturales, ya que aporta un suplemento de vitaminas, de sales naturales, de calorías y de calcio.
Procure relajarse regularmente, antes incluso de que se deje sentir el menor síntoma de fatiga. En Estados Unidos, se han impuesto ejercicios de gimnasia y relax en ciertas fábricas, a partir de cuya medida hombres y mujeres experimentan menor fatiga y los rendimientos son superiores. En
China, el trabajo es interrumpido a intervalos para practicar la gimnasia.
Cuidado con la espalda
Debemos corregir la posición del cuerpo durante el trabajo, así como nuestros gestos habituales, cuya inadvertida torpeza es la responsable de nuestra fatiga dorsal.
Las amas de casa se fatigan al efectuar sus tareas encorvándose con exageración, con lo que imponen un esfuerzo excesivo a su tercera y cuarta vértebras lumbares. Poco a poco, el grupo se deforma y se presentan dolores.
— Para limpiar debajo de los muebles, en vez de inclinarse desmesuradamente, agáchese de modo que el peso recaiga en las pantorrillas y el esfuerzo no quede centrado en las vértebras.
Cambie con frecuencia de posición; si ha lavado los platos de pie, siéntese para planchar o para preparar la ensalada.
Por otra parte, no se quede sentada varias horas seguidas. Si cose, por ejemplo, levántese cinco minutos cada hora, y estire el cuerpo, tanto como sea posible, respirando profundamente. Este breve descanso permite a la columna vertebral recuperar su equilibrio natural.
Hacer labor de punto es una distracción, pero rara vez un descanso; cabe decir incluso que es motivo de sufrimientos. El vaivén de las agujas crispa los músculos de los dedos, de la muñeca y del antebrazo, y esta crispación se extiende a los hombros, a la nuca, y finalmente a la espalda.
Si desea que su labor deje en paz a su espalda, busque un asiento confortable. Apoye la región lumbar en el respaldo, ponga los pies sobre un taburete y mantenga la cabeza bien recta.
El punto doloroso de la mecanógrafa. Escribir a máquina provoca un dolor agudo que se manifiesta a nivel del omoplato. Para evitar que los músculos dorsales se crispen y causen sufrimiento, siga estos consejos:
Siéntese, a una altura ni excesiva ni insuficiente, en una silla mas bien dura y que posea un respaldo recto.
Absténgase de inclinarse sobre su mesa de trabajo; por consiguiente, disponga de una buena iluminación.
Vuelva la cabeza y no el busto, que debe mantenerse bien erguido, con los hombros en libertad.
— Por la noche, friccione la región dolorosa con alcohol alcanforado.
Para el automovilista.
Dicen las estadísticas que el conductor fatigado tiene tres veces y media más probabilidades de sufrir un accidente grave que el que se instala ante el volante, fresco y descansado y no recorre etapas superiores a cien kilómetros. Es necesario, pues, saber limitar la fatiga, aunque sea un excelente conductor.
Los largos trayectos de un millar de kilómetros, realizados de un tirón, constituyen
un grave peligro para las piernas, que pueden reportar serios problemas circulatorios, incluida la flebitis. Sepa reconocer los signos precursores: un dolor agudo en la pierna y de la cara interna del músculo, que a veces se extiende desde la pantorrilla a la ingle.
El hueco situado detrás de la rodilla se apoya en el borde del asiento, las venas que circulan por él son comprimidas sin cesar por las contracciones de los músculos, y la circulación de la sangre queda disminuida.
Bajo la caja torácica, también el hígado se maltrata cuando se pasan horas al volante; de vez en cuando es necesario descongestionarlo.
La única manera de combatir tales peligros es pararse cada cien o ciento cincuenta kilómetros y andar unos diez minutos.

El entrenamiento físico
El cuerpo sometido al entrenamiento físico puede realizar un esfuerzo más sostenido que un organismo no adiestrado.
El ejercicio exige un entrenamiento progresivo, y sin éste un esfuerzo repentino, incluso una caminata prolongada o una mudanza de piso causan un serio quebranto a la persona que no está debidamente preparada.
El entrenamiento físico se practica a diario, ya sea con la gimnasia, o bien con una sabia distribución de las tareas cotidianas.
La fatiga nerviosa
La causa esencial del agotamiento es el esfuerzo excesivo, y cabe preguntarse cómo se llega a este extremo en una época en la que se goza de periodos de reposo antes inimaginables, como son dos días festivos por semana y vacaciones de cuatro e incluso cinco semanas.
Pero si bien el progreso ha suprimido, gracias a las máquinas, muchos trabajos materiales —y penosos—, no ha eliminado la fatiga. Tan sólo ha hecho que ésta cambiase de aspecto. Existe hoy una fatiga que ha nacido con los progresos técnicos y que muchas veces es provocada por la tensión a la que nuestros nervios están permanentemente sometidos. Nuestro siglo ha eliminado en parte la fatiga física, pero la ha reemplazado por la fatiga nerviosa.
Los especialistas reconocen que el mecanismo de este agotamiento multifacético todavía se les escapa, y sólo existe la certeza de que todo esfuerzo cerebral prolongado provoca una tensión que llega a agotar los centros nerviosos del cerebro, los cuales, solicitados incesantemente, se debilitan de forma progresiva. Al cabo de un tiempo, este bajón de potencial repercute en los músculos y los órganos, y éstos funcionan a marcha lenta, de donde esa sensación de extrema fatiga, de abatimiento incoercible y de incapacidad general que llamamos astenia.
Y  un día, si no se ha puesto remedio, el organismo deja de luchar y la fatiga lleva a la depresión nerviosa grave, un estado en el que no basta con prescribir reposo.
Sus causas
Todos queremos hacer demasiado. Nuestras necesidades crecen sin cesar: deseamos un automóvil, el televisor en color, una casa de campo, vacaciones en el mar en verano y en la montaña en invierno…
Y como lo deseamos todo y en seguida, es indispensable ir deprisa, cada vez más deprisa, hasta el punto de que si alguien expresa su intención de dar tiempo al tiempo, se le mira burlonamente.
Fingimos ignorar lo que significa la palabra reposo y acortamos nuestro sueño, esa necesidad cada vez más exigente a medida que nuestra actividad aumenta y que tiene como misión alzar una barrera entre las relaciones —con frecuencia tensas— de nuestro yo consciente y de nuestro inconsciente.
Pronto, y sin que lo advirtamos, se altera nuestro comportamiento, cambia nuestro carácter y se modifican nuestras reacciones. Si ignoramos esos avisos que son los fallos de la memoria, el despertar dificultoso, las tristezas infundadas, la cólera sin causa y los sobresaltos al oír el menor ruido, la fatiga nerviosa acabará por implantarse.
Las emociones destrozan
El miedo, la cólera y la sorpresa son reacciones normales que el organismo debe soportar y tratar después de eliminar sin que dejen trazas en el subconsciente.
Sin embargo, todo cambia cuando estas emociones, por su intensidad y su frecuencia, someten a las defensas del organismo a un fuego graneado de agresiones y obligan al sistema nervioso a un estado de alarma permanente. Entonces, la fatiga se manifiesta con rapidez y persiste.
El ruido, un factor agravante
Fruto de la civilización tecnológica, aumenta con la potencia y la velocidad de las máquinas, y se ha convertido en la molestia número uno.
El silencio se ha convertido en un lujo y el ruido en la más importante de las causas de la fatiga, puesto que agrava a todas las demás. No produce tan sólo una fatiga auditiva, que evoluciona hacia la sordera, sino también una fatiga central, con efectos sobre los sistemas nervioso, respiratorio y digestivo, y sobre las secreciones glandulares.
Antes incluso de manifestarse abiertamente, la fatiga perturba nuestras funciones orgánicas, por ejemplo anudando los intestinos (después de volar en un avión de reacción, los pilotos padecen estreñimiento durante unas 24 horas). Modifica, también, la composición de la sangre, si es muy intenso, y reduce el índice de azúcar en la misma.
Su trabajo le abruma
No es posible trabajar sin interrupción y no sentir fatiga, pero trabajos recientes han demostrado que, en gran medida, lo que ocurre es que la persona está ya cansada o  predispuesta a estarlo, y es entonces cuando el trabajo llega a agotar. Si usted se aburre en la oficina, en la tienda, en la fábrica o en su casa, su tarea, aunque le exija poco esfuerzo, será una causa de fatiga.
Los psicoanalistas que han estudiado a fondo este problema creen haber encontrado la explicación. Al parecer, expresa el rechazo inconsciente de la persona a realizar el trabajo que le es impuesto. La fatiga sería el resultado del conflicto que opone gustos, aspiraciones y posibilidades —es decir, un ideal— a una realidad que la persona no puede rehusar por razones materiales o familiares.
Cuando no se superan las dificultades
En casa o en su trabajo, surgen dificultades y usted las supera, pero reaparecen o se presentan otras nuevas; usted piensa continuamente en ellas y un día, en vez de reaccionar, empieza a armar tempestades en un vaso de agua.
Juzga usted que sus esfuerzos no son apreciados, que incluso son desdeñados, y esta indiferencia u hostilidad, real o imaginaria, le provoca reacciones amargas, agresivas y desmoralizantes. Entonces se crea un desequilibrio que comporta una fatiga de difícil curación, puesto que esencialmente es psíquica, y que perturba su autodominio y su sueño al desarrollar una ansiedad latente.
Para hacer frente a esta tensión-frustración, el paciente recurre a estimulantes durante el dia y a hipnóticos por la noche, pero a la larga estos remedios —que en realidad no son tales— aumentan la fatiga y agravan el estado general.
Un clima inconveniente
Tal vez vive usted en una zona climática que le es nefasta. Ciertas personas no soportan el mar y otras la montaña, y las hay que detestan el campo.
Este factor puede ser la causa de su fatiga, aunque tal vez nunca le haya prestado atención.
Existe también, en hombres y mujeres desarraigados del país o la región en la que siempre han vivido, una fatiga nerviosa que se manifiesta por fuertes jaquecas, vómitos, palpitaciones y crisis de sofocaciones con dolores precordiales que hacen pensar en la angina de pecho.
También los jóvenes se sienten fatigados
A ciertas etapas de la vida les corresponden unas fatigas nerviosas de difícil detección, pero a veces no exentas de diversas consecuencias. Los períodos principales son los de la infancia y la pubertad.
La infancia
Cuando un niño se muestra gruñón, llorón o, al contrario, anormalmente bueno, hay motivo para inquietarse.
Son numerosas las madres que llevan al pediatra a niños nerviosos o excesivamente pasivos. A veces, su fatiga salta a la vista: cara pálida, facciones ajadas, mirada triste, habla lenta y embarazosa. Otras veces, al médico le cuesta discernirla, ya que se enmascara bajo la agitación, una atención que deja de existir por una nadería, un carácter difícil, crisis de cólera inexplicables, pesadillas y, desde luego, unas notas desastrosas en clase.
Esta fatiga puede reconocer una causa externa o interna. El alumno que suele ser el último de su clase, que se duerme sobre los libros, que refunfuña al ir a la escuela, pero que siempre recupera, como por arte de encantamiento, su alegría y su vivacidad en víspera de vacaciones, no es forzosamente un niño perezoso. Es, sobre todo, un niño con un agotamiento físico y que no se adapta al medio escolar.
Poco dotado para los estudios, sigue los cursos con gran dificultad, y su fatiga es similar a la del adulto al que le aburre su tarea.
Si no se interviene al respecto, esta fatiga, puramente objetiva, se convierte en punto de partida de una enfermedad psicosomática que se traduce en dolores de cabeza, pérdida del apetito y, finalmente, en la aguda necesidad de oponerse a todo.

La pubertad
Alrededor de los 16 años, chicos y chicas pasan por la crisis de la pubertad. Se muestran laxos, apáticos y somnolientos, y declaran su fatiga. Esta es auténtica, puesto que su cuerpo y sus órganos están experimentando importantes transformaciones. Se estiran, ganan (o pierden) peso, se vierten en su sangre grandes cantidades de hormonas, y pasan gradualmente del plano de la infancia al de la adolescencia, lo que provoca un cierto trastorno.
Interviene, así mismo, un problema de opción: la elección de la profesión que ha de lanzarlos al mundo de los adultos. Para unos, son los estudios que exigen esfuerzos intelectuales, para otros se trata del aprendizaje de un oficio, de la toma de contacto, siempre dura, con un mundo del trabajo al que habrán de adaptarse.
Para todos, por último, la pubertad marca el despertar de los sentidos y del instinto sexual. El adolescente aleja con dificultad ciertos tabúes, y llega a avergonzarse de su cuerpo que se transforma y de sus nacientes deseos. La lucha que libra contra sí mismo y sus instintos agota sus nervios y la fatiga hace su aparición.
La falsa fatiga
A primera vista, este calificativo parece paradójico. Uno está cansado o no lo está. Y sin embargo, todos conocemos a esos eternos cansados que se levantan bostezando, se arrastran apáticamente todo el día, y repiten sin cesar que no pueden con su alma.
Obraríamos mal si les acusáramos de falta de carácter o de energía, pues son víctimas de una fatiga que es, precisamente, falsa porque no corresponde a ninguna causa fisiológica. No hay ninguna enfermedad, y tampoco son culpables el agotamiento físico o intelectual o la falta de sueño. Cuando estos fatigados crónicos consultan al médico, éste se encuentra ante un enigma. Al no descubrir la causa de los orígenes de la fatiga clásica, se halla desarmado y se limita a recetar reposo y tonificantes. Pero unas semanas después vuelve a tener delante el enfermo. Ni el reposo ni los reconstituyentes han obrado el menor efecto.
Hay especialistas que tratan de explicar esta fatiga como el síntoma de un estado depresivo, susceptible de agravarse hasta desembocar en la neurosis o la psicosis. La denominan fatiga-refugio porque los afectados la aprovechan para excusar su impotencia ante la resolución de problemas, pequeños o grandes, que la vida les plantea.
Estos pseudofatigados serían, pues, personas acomplejadas en conflicto con su medio social o familiar. Por falta de confianza en sí mismos o por el desagrado que les inspira una tarea impuesta o una decisión a tomar, oponen a la acción una negativa absoluta, pero como, por otra parte, su voluntad les ordena seguir adelante, su inconsciente acude en su ayuda procurándoles una razón para no actuar: la fatiga.
Esta falsa fatiga puede ser pasajera, es decir, abatirse sobre un individuo cuando una tarea le parece insoportable: una carta de difícil redacción, una gestión delicada, comunicar una mala noticia o, lo que todavía es más banal, una velada o una reunión que le aburren. Una vez franqueado el obstáculo, su fatiga-refugio se desvanece.
En los casos más avanzados, cuando el psiquismo ha llegado ya, o rebasado, a la cota de la alerta, esta fatiga es el pretexto para sustraerse a todas las dificultades de la vida. Es el resultado de un temor instintivo consecuencia de una prueba larga y dolorosa, llena de emociones y de choques repetidos. Todo esto conduce a la apatía, a huir de las responsabilidades y, con inmenso alivio, el enfermo deja que los otros actúen en su lugar. El, se siente demasiado fatigado.
¿Verdadera o falsa fatiga?
Para el médico, no siempre es fácil detectar si se encuentra ante un caso de auténtica o falsa fatiga, ya que a las preguntas preci-sas que hace al paciente, este solo da respuestas vagas. Está cansado, y eso es todo. Sin embargo, a la luz de las últimas investigaciones cabe hoy trazar un cuadro clínico de la verdadera y de la falsa fatiga. Los síntomas son diferentes y característicos.
¿Cómo reconocerlos?
Una persona padece pseudofatiga (lo que no implica, ni mucho menos, que sea un enfermo imaginario) si se siente más cansada por la mañana que por la noche.
Se muestra usted irascible, tiránico. Se molesta por cualquier cosa, no es posible hacerle una observación sin que revele agresividad. No soporta la contradicción, y menos la oposición. Esta necesidad de afirmar una competencia y una autoridad que nadie piensa discutirle es puramente subjetiva. Procede del clima de inseguridad en el que está sumido su inconsciente y que, al hacerle dudar de sí mismo, requiere verse consolidado.
Multiplica las tareas inútiles. En vez de las tareas importantes y necesarias que exigen una energía y una voluntad constantes, prefiere trabajos secundarios que no comprometan su mente ni su voluntad. Este síntoma es frecuente entre las mujeres próximas a la menopausia y que, al imaginar que este cambio les causará una disminución de sus facultades físicas y mentales, se entregan a tareas menores que las tranquilizan respecto de su grado de resistencia.
En cambio, se dirá que está usted verdaderamente fatigada si acusa más cansancio por la noche que por la mañana. La fatiga no se presenta hasta horas después de despertar, pero a primera hora salta sin dificultad de la cama y reanuda sus ocupaciones, sin verse obligada a hacer acopio de fuerzas y de voluntad.
Tratamientos
Si usted observa los síntomas precursores de esta fatiga nerviosa, conviene que reaccione de inmediato ante esta señal de alarma y busque una higiene de vida más equilibrada, así como una dietética apropiada.

Cambiar de fatiga cambiando de ocupación es buen remedio, ya que las actividades secundarias son saludables al permitir olvidar las preocupaciones y los problemas cotidianos. No neglija esas minivacaciones que son los finales de semana; aproveche estas treguas para reanudar el contacto con la naturaleza, ver amigos que tengan actividades diferentes de las suyas, y no olvide que el sentido del humor y la alegría son excelentes remedios contra la fatiga.

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