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FITOTERAPIA Y AROMATERAPIA

marzo 15, 2008

FITOTERAPIA Y AROMATERAPIA

Desde hace unos años, la utilización de las plantas en terapéutica ha sido objeto de renovado interés. Durante milenios, las plantas fueron el principal remedio para las dolencias de la humanidad, y llegó el momento en que los médicos de antaño ya no se limitaron a preconizar el empleo de plantas tal como se encontraban en la naturaleza y, para administrarlas a los pacientes en forma más eficaz, se procedió a la extracción de sus principios terapéuticos.
Cuando la medicina experimental hizo su aparición en el siglo xvi, se logró aislar, y más tarde producir, algunas sustancias activas, llamadas entonces alcaloides. Con ello, los químicos se situaron en primer lugar para la elaboración de los medicamentos, y así nació la quimioterapia. Aparecieron los medicamentos de síntesis y con gran rapidez se extendieron a todos los campos de la medicina.
Estos tratamientos eran muy eficaces y cabía pensar en que tales productos gozarían de prolongada existencia, pero, poco a poco, sus éxitos fueron menos espectaculares, los resultados se hicieron cada vez más dudosos, e incluso hicieron su aparición los efectos nocivos. En vista de ello, numerosos investigadores centraron su interés en la medicina de las plantas, la fitoterapia (del griego “phiton”, planta, y “therapeuein”, cuidar o curar). Esta ha vuelto a situar en lugar de honor medicaciones muy antiguas, pero todavía no ha desvelado todos sus secretos. Una de sus ramas principales, tal vez la primordial, abre grandes horizontes: se trata de la modalidad de tratamiento que utiliza las esencias de las plantas, la llamada aromaterapia.
Por otra parte, la ciencia moderna permite explicar las innumerables virtudes de las plantas medicinales, puesto que los análisis químicos de los principales constituyentes activos demuestran que los componentes de las plantas susceptibles de una acción terapéutica son de una gran diversidad y de una complejidad capaz de cubrir gran número de campos de aplicación.
Una ciencia muy antigua
En todos los tiempos, el hombre ha utilizado numerosos vegetales, pero de un modo empírico, puesto que pronto adquirió la costumbre de buscar en la naturaleza aquello que pudiese curar sus dolencias.
Los egipcios sabían utilizar numerosos medicamentos extraídos de las plantas. Anestesiaban con maceraciones de plantas en vino, y procedían a la momificación según una técnica minuciosa, con ayuda de plantas, de esencias aromáticas, resinas y salmueras cuyas propiedades antisépticas conocían ya. Al parecer, incluso sabían preparar, alrededor del año 2000 a. C, una esencia de cedro, calentando madera de cedro en un recipiente de arcilla sobre el que colgaban hebras de lana que se impregnaban del vapor; bastaba seguidamente con prensar estas hebras para obtener la preciada esencia.
Más tarde, numerosos médicos citaron en sus obras las plantas que utilizaban con gran frecuencia. Hipócrates, por ejemplo, nombra más de 250 plantas empleadas en su terapéutica, y Dioscórídes describe unas 800 en su obra De materia medica. Entre los romanos, Plinio el Joven y Catón el Viejo utilizaron numerosas plantas con fines médicos, y la col, citada con gran frecuencia, fue en toda época un medicamento milagroso.
A su vez, Carlomagno reconoció oficialmente el interés de las plantas y ordenó el cultivo de numerosas especies vegetales: árboles y arbustos, legumbres y flores. En la Edad Media, los árabes estudiaron a fondo la destilación. Por consiguiente, a lo largo de toda la historia se encuentran personalidades ilustres interesadas por las plantas. El siglo de Luis XIV se distinguió en este aspecto, y el Rey Sol las empleaba principalmente para neutralizar los efectos de un apetito excesivo.
Los vegetales han constituido pues, durante siglos, los medios principales puestos a la disposición del hombre para combatir sus dolencias. Con la ayuda de la experiencia y al progresar los medios de que
El hombre siempre ha buscado en la naturaleza el remedio para sus males.
disponían los investigadores, su utilización ha pasado de la fase empírica a otra más elaborada.
La naturaleza, una botica maravillosa
“El jardín es una botica de la que deberíamos servirnos más a menudo”, se ha dicho con razón, y el enfermo que hoy desea escapar a la influencia de los medicamentos de síntesis se vuelve hacia el médico que ha optado por curar mediante la fitoterapia y la aromaterapia. La medicina de las plantas no es, en modo alguno, un retroceso hacia épocas ya superadas, ya que el médico dispone, para ayudarle a establecer su diagnóstico, de todos los procedimientos habituales, aparte los medios de origen natural. Encargara los exámenes complementarios útiles —análisis de sangre y de orina, radiografías, etc.— y sus medios de detección de la enfermedad son los que le permita utilizar la ciencia actual.
Donde la acción del médico mostrará una divergencia será al recetar, pues en vez de prescribir los medicamentos químicamente puros producidos por los laboratorios farmacéuticos, recetará a su paciente medicamentos que contengan los principios activos de tal o cual planta o bien, según los casos, la propia planta, aislada o en asociación.
Evidentemente, la acción de estos principios activos tiene la misma meta que los medicamentos químicos. Pero los primeros son completos y se benefician de la compleja obra de la naturaleza, en tanto que los otros son simples y sólo se benefician de su virulencia, que puede llegar a ser exagerada. El elemento vegetal, para actuar por completo, con fuerza y suavidad a la vez, debe estar entero, provisto de todos sus componentes. Si los químicos han podido separar un vegetal en sus constituyentes más simples, no han logrado, en cambio, reconstruir el vegetal entero a partir de sus componentes mejor conocidos. Se cree conocer la composición de la col, pero no se sabe realizar la síntesis de la col.
Para poder actuar, el producto natural comporta en su fórmula todos los elementos necesarios para su acción. Los diferentes factores se completan, se refuerzan o se moderan entre sí.
Tomemos como prueba el ejemplo de una enfermedad, el escorbuto. Jamás ha podido ser curado por la vitamina C (llamada vitamina antiescorbútica) de síntesis, incluso tomada a grandes dosis. En cambio, el escorbuto se cura con ciertas verduras o frutas (col, limón). ¿Por qué? Porque, en el vegetal, la vitamina C va asociada a otra vitamina (C2) necesaria para su acción.
Las grandes familias de la fitoterapia
Al igual que los antibióticos y las sulfamidas de nuestro tiempo, una misma planta tiene efectos positivos en el tratamiento de diversas afecciones, y ciertas plantas poseen incluso una amplia gama de acciones muy diferentes. Por el contrario, una determinada afección puede ser tratada con diversas plantas. Es fácil comprender que, al estar formado un vegetal por numerosos constituyentes, varios de éstos puedan tener, cada uno, una acción diferente.
La siguiente exposición no pretende ser exhaustiva, ya que esta obra por sí sola no bastaría para abarcar toda esta materia. Va destinada a dar al lector una idea de la multiplicidad de casos sobre los que las plantas tienen una acción bienhechora.
Los estimulantes
Los estimulantes
deben sus propiedades a los principios aromáticos que actúan sobre el aparato nervioso y que pueden localizarse en ciertos órganos, por ejemplo en el tubo digestivo, donde regularizan las funciones. Los principales estimulantes forman parte de la clase de las umbelíferas.
Entre ellos figura el anís verde, cuyas propiedades carminativas (expulsión de los gases intestinales) eran conocidas ya en la antigüedad y que en nuestros días sigue siendo prescrito para la regularización de las funciones intestinales; el comino, muy apreciado en la cocina de los romanos, y el hinojo, capea, de estimular el estómago y el intestino.
Entre los estimulantes de carácter general, hay toda una gama que permite enfrentarse a numerosas afecciones. En lo que se refiere a la menta o a la hierbabuena, aunque Hipócrates y Aristóteles dijeran que ejercía una acción contraria a los afrodisíacos, parece ser que, sobre todo en la variedad de la menta piperita, actúa como excitante, aparte de mostrarse muy activa en ciertos casos de debilidad.
De la misma familia es la menta de poleo, empleada por los romanos para disipar la embriaguez y ahuyentar las pulgas, y que es de gran utilidad en la regularización de las funciones intestinales. El orégano, o mejorana silvestre, fue definido por Dioscórides como útil “para los que han perdido el apetito, y para los que tienen el estómago débil y emiten eructos ácidos y molestos”. El romero, “que se recoge en el propio jardín”, el tomillo y el serpol en baños perfumados son también estimulantes muy activos.
Desde Hipócrates, los berros son recetados como expectorante, e indicados contra las dermatosis. El rábano y la capuchina son estimulantes dignos de consideración.
Los tónicos
Un cuerpo amargo en la boca engendra un reflejo que activa la acción del estómago. Por lo tanto, numerosas plantas astringentes, de sabor amargo, tendrán una acción tonificante sobre el apetito. Por otra parte, una sustancia muy importante de los vegetales es el tanino, poseedor de propiedades notables, ya sea como revestimiento protector, ya sea por su capacidad para impedir la putrefacción. Además del tanino, hay otras sustancias que desempeñan un gran papel: la pectina, capaz de aumentar el poder de coagulación de la sangre.
Las nueces de ciprés contienen una gran proporción de tanino, lo que las aconseja en numerosos casos de afecciones del sistema venoso, por ejemplo las varices y, sobre todo, las hemorroides, ya tratadas así por Hipócrates. El castaño de Indias, desde largo tiempo utilizado por los turcos para tratar a los caballos asmáticos con su fruto, es recomendado, así mismo, para hemorroides y varices. El membrillo sigue siendo recetado para las mismas afecciones indicadas por Rabelais, quien aseguraba ya, que su pulpa ataja las diarreas. El arándano, rico en tanino, es también astringente, al igual que el nogal, cuyo tanino es un agente útil contra la tuberculosis. El escaramujo, o rosal silvestre, y la fresa son también activos, y las diferentes ortigas tienen una acción coagulante  y  propiedades  antidiarreicas. La pulpa del membrillo es un eficaz remedio contra las diarreas. En toda época, la infusión de aciano ha sido empleada contra la conjuntivitis. La raíz de la genciana es un poderoso estimulante de las funciones digestivas, y Alberto Magno y Agrícola lo indicaron en los casos de hinchazón del hígado y de pereza estomacal. En realidad, abre el apetito gracias a la propiedad secretora de la saliva, pero además tiende a aumentar el número de glóbulos blancos de la sangre y, en este sentido, favorece el poder defensivo del organismo.
Shakespeare habla del cardosanto como del remedio más poderoso para las palpitaciones, pero hoy es más prudente reconocerle tan sólo su verdadera propiedad: la de ser un excelente estimulante del apetito. Las hojas de la achicoria silvestre, denominada, por Galeno “la amiga del hígado”, favorecen la acción del estómago y son ligeramente laxantes. El agracejo y la hierba fumaria tienen también grandes virtudes como tónicos amargos, así como el diente de león, empleado por los antiguos para estimular el funcionamiento del hígado. La alcachofa, de la que habitualmente se consume el corazón, tiene en realidad su poder terapéutico concentrado en la gran hoja que adorna el tallo. Tiene un sabor muy amargo que excita el apetito, asi como efectos laxantes y diuréticos.
El ajenjo tiene una larga historia. Avicena lo juzgaba excelente como estimulante del apetito, la Escuela de Salerno lo empleaba como preventivo contra el mareo a bordo, y en toda época se le han reconocido virtudes digestivas. Es innegable que el aceite esencial que de él se extrae (la esencia de ajenjo) es uno de los tónicos más poderosos del aparato digestivo.
El girasol, tan conocido por sus magníficas ñores, aporta en dietética un alimento de gran valor, gracias a sus semillas, y en terapéutica un valioso producto apto para reducir la fiebre. Esta propiedad es muy importante frente a los medicamentos químicos, pues, contrariamente a éstos, no afecta en ningún caso, a las defensas del organismo.
En la Edad Media, el lúpulo se consideraba como muy útil para el buen funcionamiento del hígado y el bazo, y para concluir esta breve revisión de los tónicos, añadiremos la Vinca pervinca y la hierba luisa, que es también febrífuga.
Los diuréticos
Existen numerosas plantas de acción diurética y será muy fácil sustituir la habitual decocción de rabillos de cerezas por otros elementos vegetales igualmente eficaces. Cuando es necesario fomentar la secreción de la orina, la acción fitoterapéutica da unos resultados tan indiscutibles que incluso los defensores más encarnizados de los medicamentos sintéticos se ven obligados a reconocerlos.
En este aspecto, el cerezo y la grama de las boticas ocupan el primer lugar. Las diversas partes de la cereza desempeñan todas ellas un papel diferente, unas sobre el corazón, otras sobre el estómago y otras sobre el aparato urinario.
En cuanto a la grama de las boticas, Dioscórides y Plinio habian observado ya sus efectos sobre las vias urinarias. El maíz contiene en sus barbas una sustancia apta para regularizar las funciones expulsoras de la orina, al igual que el espárrago. El apio silvestre, ensalzado en la Antigüedad y la Edad Media para ahuyentar la melancolía, el hinojo y el abedul completan este arsea-nal, junto con el fresno y la tuya. Entre los diuréticos más eficaces, hay que citar también el brezo común —durante largo tiempo objeto de leyenda según la cual estaba dotada del poder de desmenuzar los cálculos renales— y que al propio tiempo lucha eficazmente contra la putrefacción. La asperillo, cuya riqueza en silicio es notable, fue señalada ya en el siglo xvi por su poder diurético, pero tiene además una acción hemostática y remineralizante. Catón el Viejo recomendaba el enebro, y en la Edad Media se utilizaba ya la segunda corteza del saúco.
En todas las épocas se ha reconocido entre   las   principales   propiedades   de   la cebolla, la de ser diurética, sobre todo a partir de Dioscórides y Plinio, y se han econtrado innumerables procedimientos para paliar los efectos de masticar la cebolla cruda. Por último, es preciso tener en cuenta el arándano y el cardo corredor.
Los vomitivos y los expectorantes
A veces puede ser muy útil disponer de un medio para provocar el vómito, por ejemplo en caso de una intoxicación leve, o capaz de suscitar expectoraciones frecuentes, por ejemplo en el caso de ciertas afecciones bronquiales.
La violeta, con la que los antiguos se trenzaban coronas para disipar los vapores de la embriaguez, es un vomitivo excelente, como lo es el lirio de Florencia, que favorece así mismo la expectoración.
Los vermífugos
Hay numerosos vegetales capaces de asu- mir una función vermífuga contra dos parásitos que afectan al hombre: la tenia y los ascáridos.
Contra la tenia, el helécho macho, ya alabado por Teofrasto por sus propiedades contra los gusanos abdominales, ejerce con su rizoma una acción eficaz contra la tenia, cuando su ingestión va precedida por una dieta. Las semillas de calabaza expulsan también la solitaria. Dioscórides, Plinio y Celso observaron ya que la granada mataba los gusanos, en especial la tenia.
En cuanto a las plantas capaces de expulsar los ascáridos, son también fáciles de encontrar y emplear. El tanaceto, ya loado por santa Hildegarda contra numerosas afecciones, es muy eficaz, así como la santolina y el pelitre. El ajenjo, ya visto como tónico, la Matricaria discoide, deben ser tenidos en cuenta a este respecto, y por su parte el ajo, aparte de sus propiedades antisépticas en las enfermedades infecciosas, tiene también la de expulsar las lombrices.
Los purgantes
Aunque menos utilizados que en otros tiempos, es conveniente encontrar en la fitoterapia plantas con propiedades purgantes. En este sentido, ocupa un buen lugar el arraclán. El Nerpum y otras plantas serán empleados con precaución cuando se trate de provocar evacuaciones intestinales. Hipócrates prescribía ya la momórdica, a la que hay que añadir la campanilla, la hierba mercurial (con una larga tradición de clisterios), el polípodo, un helécho cuyo rizoma tiene un sabor que recuerda el del regaliz. Así mismo, cuando el intestino está atónico y no evacúa, cabe recetar la cuscuta, capaz de despertar un intestino dormido.
Escribe Cicerón en una de sus cartas que se encontró muy mejorado después de haber tomado malva, muy eficaz para los niños y los ancianos. El salvado de trigo candeal (envoltorio que rodea el grano de este cereal), gracias a su gran contenido de celulosa, y la infusión de flores de melocotonero regularizarán con facilidad la función intestinal. Citemos por último las ciruelas secas que, para ser eficaces, se deben ingerir en ayunas.
Los sudoríficos
En este aspecto, cabe también recurrir a numerosas plantas capaces de procurar una depuración cutánea.
Hay quien receta un vaso de jugo de borrajas a los pleuréticos para provocar el sudor, pero también esta planta posee grandes virtudes diuréticas. La bardana ha gozado, a través de los siglos, de diversas reputaciones, pero lo cierto es que activa las funciones de las glándulas sudoríparas. La dulzamara y la trinitaria son empleadas con éxito como sudoríferas, así como en el tratamiento del eczema y del acné. Los árabes prescribían la saponaria por sus buenos resultados en ciertos casos de reumatismo y gota. Santa Hildegarda recomendaba el bojen los casos de viruela, y Lentitius como remedio para la calvicie; su corteza y sus hojas tienen, además de sus poderes sudoríferos, el de bajar la fiebre.
Los antisudorales
Ciertas afecciones requieren una reducción del sudor y, por consiguiente, la utilización de antisudorales.
La misión del antisudoral es muy importante como refuerzo para el tratamiento de la tuberculosis.
Entre los antisudorales, destacan la belladona, el cornezuelo de centeno, la salvia y el agárico blanco. A la salvia se le han atribuido numerosas cualidades, desde la de ser un diurético hasta la de servir como afrodisíaco, pasando por la curación de la epilepsia y de la parálisis. Hoy está establecido científicamente que la salvia frena la actividad de las glándulas sudoríparas. El agárico blanco, aparte de sus propiedades antisudorales, tiene la de no modificar las otras secreciones.
Los antiespasmódicos
Cuando se produce una contracción involuntaria de un músculo o de un grupo de músculos (calambres), es útil disponer de un tratamiento capaz de repartir equitativamente las impresiones de los sentidos y equilibrar sus respuestas.
El laurel-cereza tiene su principal aplicación en la tos, y también en los espasmos del estómago y de los intestinos. Hipócrates recomendaba la anémona pulsátil para provocar las reglas y combatir la sofocación histérica, y más tarde se empezó a emplearla para reducir la excitabilidad nerviosa.
De las propiedades atribuidas por los antiguos al espino blanco, sólo se mantiene su ausencia de toxicidad, lo que permite emplearla durante largos períodos. Las hojas de olivo y de muérdago, ambas ensalzadas por Celso, y la raíz de valeriana, señalada por Plinio, son también antiespasmódicos de acción eficaz. La destilación de la lavanda proporciona una esencia muy buscada por su perfume, pero también eficazmente utilizada para calmar las quintas de tos, por ejemplo en los casos de asma o de tos ferina. La melisa y la albahaca tienen acción antiespasmódica gracias a su poder de estimulación del organismo.

Galeno empleaba la manzanilla o camomila para hacer desaparecer dolores y cansancio; más tarde, se reconocieron sus propiedades febrífugas, y es también muy útil para reducir los efectos de una gripe. La infusión de tila, de sabor agradable, es un reputado calmante de los nervios.
Las propiedades sedantes de las hojas y flores del naranjo y del sauce blanco completan la gama de los antiespasmódicos.
Los calmantes de la tos
Son tantas las plantas capaces de calmar la tos que cabe dividirlas según su modalidad de acción. Las hay cuya acción se ejerce principalmente sobre las vías respiratorias (antitusigenos), otras que actúan sobre las propias secreciones modificándolas (calmantes), y por último otras que facilitan la expulsión de estas secreciones (expectorantes). Dioscórides y Plinio prescribían ya el gordolobo en las afecciones pulmonares, y santa Hildegarda contra la ronquera. La amapola, que Celso recetaba como calmante, es muy útil contra la tos y el insomnio, ya que es un narcótico ligero. Por lo tanto, será prescrita con cuidado a niños y ancianos. El malvavisco, empleado ya por Teofrasto para calmar la tos, es un suavizante en los casos de irritación de las vías respiratorias. Dioscórides, Plinio y Galeno recomendaban el humo del tusílago como expectorante y como calmante, y santa Hildegarda loaba el regaliz para aclarar la voz. Otras plantas son aptas para calmar la tos, entre ellas el helenio; el hisopo, muy útil en caso de gran abundancia de secreción bronquial; la hiedra, conocida desde antiguo como calmante en las afecciones bronquiales; el arrayán, para todas las dolencias de las vías respiratorias; la resina de pino y la del abeto.
La primavera y la escabiosa, gracias a sus raíces, y los murajes rojos acaban de completar este grupo de calmantes de las vías respiratorias.
Los calmantes del dolor
Es frecuente la necesidad de recurrir a sustancias capaces de calmar, o por lo menos atenuar sensiblemente el dolor. La fitoterapia cuenta con un grupo de narcóticos muy eficaces.
El primero de ellos es la adormidera, gracias a las propiedades del opio, obtenido por calentamiento de un producto lechoso que se encuentra en la extremidad de sus tallos o en sus cápsulas. Aunque conocido desde la más remota antigüedad, adquirió renombre gracias a Celso. Su propiedad principal es la acción sedante que ejerce sobre el dolor, a la que hay que añadir sus propiedades soporíferas. El extracto de la lechuga, la pasionaria y el nenúfar —este último recomendado por Plinio— completan este cuadro de narcóticos que, aunque poco numerosos, figuran a fneriud.o en primer lugar de una buena terapéutica.
Los moderadores del sistema nervioso
Existen plantas capaces de ejercer una acción sobre el sistema nervioso, y cabe clasificarlas en dos grupos. En primer lugar, las que disminuyen la excitabilidad de ciertos centros nerviosos, los situados en el eje cerebro-espinal, y son los moderadores reflejos. Vienen después las que actúan sobre los propios nervios, ya se trate de los nervios motores (los que transmiten órdenes a los músculos) o los sensitivos (que transmiten sensaciones a los centros nerviosos), y son los moderadores del sistema nervioso periférico.
Entre los moderadores reflejos, la belladona ocupa el primer lugar. Teofrasto y Dioscórides la calificaron de droga alucinógena, y es cierto que, gracias a la atropina que contiene, modifica la actividad del cerebro, pero su principal indicación es el efecto que ejerce sobre los nervios y que la convierte en poderoso sedante. Muy parecida a la acción de la belladona es la de la del beleño, aunque éste es menos tóxico. El estramonio, empleado ya en la Edad Media, mezclado con tabaco da buenos resultados en los casos de asma.

Entre los moderadores del sistema nervioso periférico, ocupa el primer lugar el acónito que, administrado en dosis bien estudiadas, calma los dolores. La cicuta, inmortalizada por Sócrates, debe tomarse en dosis muy prudentes; tiene propiedades calmantes para el asma, la tos ferina y los dolores en general. El cólquico, conocido desde la Antigüedad, y el eléboro blanco, rodeado de numerosas leyendas, forman también parte del nutrido arsenal de moderadores con el que cuenta la fitoterapia.
Los tónicos cardíacos
La fitoterapia encuentra en este campo una de sus aplicaciones más brillantes, sobre todo con la digital, cuyas propiedades se han definido cada vez con mayor claridad a lo largo de los siglos. Además del corazón y los vasos, actúa también sobre las vías urinarias y eleva la tensión arterial. El cornezuelo del centeno, citado por Plinio en su Historia natural, ha sido empleado a menudo para activar el parto, pero es mejor utilizarlo después de éste. Dioscórides recomendaba el adonis para la ictericia, pero es mejor emplearlo tan sólo para elevar la tensión arterial. El muguete es también un tonificante cardíaco, así como la cardomaria.
Otras familias, otras virtudes
En este apartado es posible catalogar multitud de plantas, ya que son muchas las que tienen una acción selectiva. No obstante, las hay que tienen una particular propiedad que se ejerce casi únicamente de manera local.
Es lo que ocurre con el lino, cuyo cataplasma preparado con la harina de su grano se remonta a la más remota antigüedad. Otro cataplasma, de efecto revulsivo y que ya utilizaba Galeno, es el de semilla de mostaza. El hipérico, que antes era considerado apto para ahuyentar a los malos espíritus a causa de su olor, es en realidad muy valioso como antiséptico en el tratamiento de llagas, úlceras y quemaduras. Contra las contusiones ocupa el primer lugar el árnica, cuya tintura sigue ocupando su merecido lugar en el botiquín familiar. Numerosas afecciones son aliviadas por la col, entre ellas ciertas heridas dolorosas, y la hiedra, al moderar la sensibilidad de ciertos nervios, es muy indi cada en las cefaleas y, en uso interno, contra la tos ferina.
Las ventajas de la medicación mediante las plantas

“Renacerán muchas cosas que habían sido olvidadas”, decía ya Horacio. Hoy, el enfermo, a menudo decepcionado por las terapéuticas modernas, busca otros caminos cuyas modalidades fueron ya estudiadas hace largo tiempo. Muchos medicamentos sintéticos han estado aureolados por éxitos brillantes, pero después se ha observado que no respondían a todas las esperanzas depositadas en ellos. Algunos combaten una enfermedad pero provocan otra dolencia, y se habla entonces de hábito, de alergia o de intolerancia. En cambio, las medicinas naturales se benefician de virtudes conocidas desde mucho tiempo, ya que la farmacopea conoce casi todas las plantas útiles desde el siglo xiv.
Se sabe, por ejemplo, desde muy antiguo que las raíces y las hojas de la achicoria silvestre están indicadas para las insuficiencias del hígado y de la vesícula biliar. Hoy, la ciencia ha demostrado que su decocción, inyectada por vía intravenosa, aumenta considerablemente el volumen de la bilis segregada.
Los antiguos conocían las virtudes diuréticas de la manzana y, en consecuencia, la consumían en cantidad. Hoy se ha demostrado que, gracias a sus sales potásicas y a su tanino, la manzana se opone a la formación del ácido úrico y que es indicada para los gotosos.
El rábano negro es apreciado desde hace largo tiempo por sus propiedades antiescorbúticas y en las insuficiencias hepáticas, y la moderna experimentación ha constatado que provoca el drenaje de la vesícula biliar.
Hoy en día, se podría saber mucho más acerca de la acción de los vegetales si hubiese una mayor ayuda para su investigación. Semejante actitud hubiera modificado la de los laboratorios farmacéuticos, que se habrían lanzado, tal vez, a la fabricación de medicamentos de origen vegetal. Sin embargo, ciertas empresas han comprendido el interés de una evolución más natural de la farmacología y han realizado tímidos experimentos de preparación de medicamentos a base de plantas, gracias a los que se ha podido atender a ciertos pacientes.
Las plantas no son peligrosas
Los medicamentos de origen químico presentan hoy un nuevo inconveniente, muy grave: el paciente al que su médico ha recetado cierta dosis de un medicamento no siempre consigue los resultados esperados y entonces, llevado por la impaciencia, aumenta por su cuenta la dosis, llegando a duplicarla y a triplicarla. Se ha calculado que sólo de un 30 a un 40 por ciento de los medicamentos consumidos están recetados por un médico. Es evidente que esta actitud sólo puede perjudicar la salud presente y todavía más la futura, ya que el próximo tratamiento del paciente quedará totalmente falseado por las reacciones anormales que ofrecerá su cuerpo al ingerir el medicamento.
Muy al contrario, las plantas medicinales nunca alteran estas reacciones, aunque se tomen en cantidades excesivas. No hace mucho tiempo, la gripe era cuidada con sencillez. El enfermo guardaba cama, observaba una dieta de 24 ó 48 horas y se prescribían ciertas esencias aromáticas. El tomillo, el eucalipto, el limón o la canela, administrados por vía oral o mediante fricciones en el pecho, daban buena cuenta de la gripe en pocos días. ¿Qué hacemos hoy con los antibióticos? No sólo son inútiles para la gripe, como atestiguan recientes investigaciones oficiales, sino que, al terminar el tratamiento, el enfermo se siente débil y abatido. En cambio, con una terapéutica a base de plantas, la curación se efectúa con toda normalidad y en un período muy breve se consigue el restablecimiento completo.
Actualidad de la fitoterapia
Hoy día, en diversas revistas médicas numerosos artículos hacen alusión a trabajos y estudios sobre la fitoterapia. Esta tendencia se manifiesta en Francia, en Italia, en Alemania, (donde algunos laboratorios fabrican medicamentos aromáticos), en la URSS, y también en Estados Unidos, donde en Filadelfia existe una cátedra de fitoterapia.
Existe, pues, un resurgir general de numerosos tratamientos ancestrales cuyos resultados impresionan a los investigadores y les incitan a trabajar en este sentido.
Un ejemplo: la cebolla
En toda época el hombre ha conocido las propiedades de la cebolla y ha ensalzado sus virtudes, pero han tenido que pasar largos siglos para saber que el jugo de la cebolla se comporta como un antibiótico y para conocer algunos de sus ingredientes, tales como el hierro, el azufre, el yodo, el silicio, las sales de potasa, los fosfatos y los nitratos, lo cual permite saber con exactitud sus modalidades de acción.
Por otra parte, hay propiedades de la cebolla reconocidas pero todavía no explicadas, por ejemplo su acción en los casos de congestión cerebral y sobre las pecas. En cambio, sabemos por qué, por ejemplo, la cebolla elimina radicalmente el dolor causado por la picadura de una avispa, como también sabemos por qué es tan valiosa contra la diabetes, aparte de poder confirmar, asi mismo, sus virtudes afrodisíacas, conocidas desde antiguo.
Por lo tanto, la cebolla, utilizada empíricamente desde la más remota antigüedad, se revela, bajo el análisis científico, dotada de las numerosas propiedades que le han sido atribuidas, como ocurre también con gran número de otras plantas.
¿Qué es una esencia aromática?
Se trata de un producto oleoso, volátil y odorante, extraído de un vegetal ya sea por destilación al vapor, por exprimido, por incisión, por separación con la ayuda del calor, por disolución, o bien mediante absorción del perfume a través de un producto graso, con ulterior separación de este producto.
Propiedades físicas de las esencias aromáticas
Una esencia se diferencia de un aceite graso, que se fija y mancha permanentemente el papel, en que se volatiliza con el calor y su mancha sobre el papel es pasajera. En general, la esencia es incolora.
Las esencias se dividen en tres grupos:
Las esencias hidrocarburadas (es decir, las ricas en terpenos).
Las esencias oxigenadas.
— Las esencias sulfuradas.

Las esencias son solubles en alcohol, en éter, en los aceites fijos, e insolubles en agua, aunque le comunican su olor. Su punto de ebullición varia entre 60 y 240° C. Disuelven las grasas, el yodo, el azufre y el fósforo, y son productos estimulantes, empleados en uso externo e interno, generalmente en disolución en alcohol. Son también los perfumes.
En general, los aceites esenciales se encuentran en el vegetal en cantidades tan pequeñas que es necesario proceder a una destilación de la planta. En su mayoría, los aceites esenciales son más ligeros que el agua, y generalmente fluidos.
La calidad de los aceites depende de numerosas causas, entre las que se cuentan el procedimiento empleado para obtenerlos, el estado de maduración y conservación de la sustancia, y la procedencia de ésta. Las cantidades medias obtenidas a partir de las plantas pueden variar en proporciones notables. Por ejemplo, con 100 kilos de eucalipto se obtendrán unos 3 kilos de aceite esencial, y con la lavanda, la cantidad conseguida será similar, pero con el perejil y el tomillo no se obtendrán más de 200 a 300 grs.
Las propiedades antisépticas de las esencias

La acción bactericida de las esencias es conocida desde hace milenios, y esta acción se explica desde que se conocieron los constituyentes de las mismas, en especial terpenos y fenoles, alcoholes y aldehidos, que les otorgan su poder antiséptico.
Desde siempre ha sido conocido el uso empírico de ciertos aromáticos, sobre todo los que contienen fenoles y aldehidos, en la alimentación de los paises calurosos, donde los alimentos se estropean rápidamente y las fermentaciones intestinales pueden revestir formas graves.
Es sabido que la esencia del tomillo destruye el bacilo del carbunclo, asi como los de la tifoidea y la difteria, y el meningococo. Sin embargo, el fenol ha sido considerado largo tiempo como el antiséptico típico, aunque la esencia de tomillo lo supere netamente.
La actividad antimicrobiana de las esencias no es exactamente la misma según actúen en forma de vapor o bien por contacto directo, pero de todos modos son numerosas las esencias que tienen esta propiedad. Para establecer una comparación, un desinfectante tan utilizado como es el fenol, en presencia de un caldo de carne en el que se haya formado un cultivo de microbios deberá ser empleado a la dosis de 5,6 por mil para impedir el desarrollo de esta colonia microbiana, en tanto que para la misma cantidad de caldo basta con una dosis del 0,7 por mil para el tomillo, del 1 por mil para el orégano, del 1,6 por mil para la hierba Luisa, y del 2,25 por mil para el eucalipto.
La esencia de ajo es utilizada a titulo preventivo en el curso de las epidemias gripales. La esencia de clavo de especia es empleada en cirugía dental como desinfectante y cauterizante, y la esencia de niaoulilo es para la cura de heridas, quemaduras o úlceras. La esencia de sándalo es un desinfectante de las vías urinarias, y también cabria citar las esencias de limón, de canela, de menta y de lavanda por sus propiedades curativas.
La purificación del aire. Una aplicación muy útil de las propiedades antisépticas de las esencias es la purificación del aire. Con ayuda de un vaporizador, es fácil dispersar en el aire una mezcla de esencias aromáticas. Téngase en cuenta que en un bosque un metro cúbico de aire contiene cinco gérmenes, y en cambio hay 20.000 en un apartamento de una gran ciudad y 9 millones, siempre en un metro cúbico, en unos grandes almacenes.
Una mezcla excelente y muy utilizada en domicilios y lugares de trabajo es la formada por unas gotas de esencias naturales de tomillo, lavanda, agujas de pino y eucalipto. Esta mezcla se vierte en un recipiente colocado sobre una fuente de calor que vaporiza estos aceites esenciales en la atmósfera de los locales.
Los antiguos ignoraban la composición de las esencias, pero no por ello dejaban de utilizar sus virtudes antisépticas, tanto en la alimentación (ajo, cebolla, etc.) como en forma de vaporizaciones para atajar o impedir las epidemias. Es un hecho notable el que, en el siglo xix, durante las epidemias de cólera en Europa, los obreros de las fábricas de perfume presentaran una inmunidad casi total. En nuestro tiempo, el ama de casa que emplea el ajo, el tomillo, el clavo de especia y otros aromatizantes en sus preparaciones culinarias, emplea, pues, plantas con propiedades antisépticas que beneficiarán a toda su familia.
Las esencias son inofensivas para los tejidos
El poder bactericida de las esencias aromáticas se aplica con frecuencia a través de emulsiones cuyo efecto es mucho más poderoso que el de los productos habitualmente empleados, tales como el agua oxigenada o el fenol. Sin embargo, su acción sobre los tejidos es perfectamente inocua, lo que les confiere otra ventaja sobre los antisépticos que irritan más o menos las células y llegan a resultar tóxicos para los tejidos.
En caso de heridas y quemaduras, hay un grave peligro de intoxicación producida por la degradación de los tejidos afectados y por los microbios que infectan la lesión; es aquí donde intervendrá una de las grandes ventajas de las esencias aromáticas, ya que parece seguro que estas esencias originan productos que se combinan con los procedentes de la propia lesión o de los microbios que la infectan, y esta combinación da como resultado nuevos productos totalmente carentes de toxicidad. Interviene entonces una reacción normal del organismo, que procede a eliminar tales productos con una facilidad mucho mayor que si fuesen tóxicos.
Vecina de esta acción de los aceites esenciales es la que suprime los malos olores de las llagas infectadas, gangrenosas o cancerosas, y hay realmente supresión, de tipo físico y químico, y no sólo una atenuación. Bien lo sabían los egipcios, que embalsamaban los cadáveres con resinas y esencias para impedir la putrefacción, y hoy lo saben perfectamente los chacineros, que utilizan en abundancia los aromatizantes para conservar las carnes.
Las esencias frente a los antibióticos. La no habituación
Una de las propiedades capitales de las esencias aromáticas es la de que su poder antiséptico no se extingue en absoluto con el paso del tiempo, por razones todavía no bien sabidas.
Sin embargo, cabe barruntar un motivo si pensamos que estos productos naturales, amén de su capacidad para controlar la infección, tienen como propiedad fundamental la de reforzar las defensas del organismo para permitirle salir victorioso. Por ser poderosos modificadores del terreno en el que puede instalarse la enfermedad, el organismo no puede habituarse a ellos, en tanto que se acostumbra, con facilidad cada vez mayor, al igual que los microbios, a los numerosos tratamientos basados en los antibióticos.
Hay quien explica este fenómeno señalando que los antibióticos modifican la constitución química de los microbios. En ese momento, el organismo lucha contra los productos segregados por estos microbios —las toxinas— con las sustancias que él mismo produce, es decir, con los anticuerpos. Sin embargo, las toxinas, por el hecho de provenir de microbios modificados, son modificadas a su vez y el organismo produce entonces unos anticuerpos que luchan contra estas toxinas modificadas. Por lo tanto, el organismo lucha contra unos microbios modificados por los antibióticos, pero no contra los microbios poseedores de toda su virulencia original, y así los antibióticos pierden poco a poco su poder y el organismo se mantiene en todo momento como una posible victima de una nueva infección.
Al contrario de la curación —hipotética— por medio de los anticuerpos, la curación por un método natural adquiere un valor muy notable. Las esencias actúan por modificación del medio, y no directamente sobre los gérmenes; el organismo lucha, pues, contra unos microbios no modificados y, por tanto, permanece armado contra una nueva infección.
Por otra parte, el organismo no llega a acostumbrarse a la acción de las esencias, de modo que a la larga saldrá beneficiado. Los resultados se mantienen constantes y no menguan con el tiempo; en cambio, el organismo se acostumbra con facilidad a los medicamentos sintéticos, en un proceso conocido como habituación.
Un ejemplo: el insomnio. Cuando la persona afectada por el insomnio comienza con una grajea de somnífero durante la cena, o con un supositorio al acostarse, esta dosis no tarda en aumentar en unas proporciones inquietantes. El insomnio vuelve a instaurarse, se cambia de medicamento y el ciclo comienza de nuevo. ¿Por qué no recurrir al sencillo remedio consistente en tomar una infusión de hojas y flores de naranjo, capaz de normalizar el sueño en pocos días? No sólo se recuperará el sueño, sino que, además, el organismo no tendrá que soportar una lenta intoxicación que siempre acaba por dar malos resultados.
Desde hace largo tiempo, los antibióticos han producido habituación, y a este respecto
cabe citar algunos datos muy significativos. Durante la segunda guerra mundial, se inyectaban, de acuerdo con unas dosis entonces eficaces, 25.000 unidades de penicilina cada tres horas a todos los heridos graves, antes de proceder a su evacuación. El método obtuvo innumerables éxitos en forma de miembros y vidas salvados. En un día, la dosis necesaria para salvar una pierna era, pues, de unas 200.000 unidades, pero estas cifras resultan hoy anacrónicas, ya que actualmente se le inyectan a un enfermo, a diario, varios millones de unidades, en un tratamiento que dura varios días y, a menudo, por una simple bronquitis o una vulgar rinofaringitis… En cambio, las esencias de eucalipto, de canela, de clavo de especia, de agujas de pino, de trementina, de tomillo o de niaouli, pueden hacer desaparecer estas dolencias en 48 horas o, en los casos más recalcitrantes, en el transcurso de 8 días.
Los medicamentos de síntesis, y en especial los antibióticos, dan en sus primeras aplicaciones unos resultados a menudo espectaculares, pero, por desgracia, tales efectos no son perdurables y todo organismo sometido a ellos no tarda en mostrárseles refractario.
Los cirujanos que operaban en Indochina a heridos de diferentes nacionalidades constataron que antibióticos y sulfamidas actuaban de un modo mucho más acusado entre los heridos vietnamitas o africanos que entre los europeos. ¿Por qué? Probablemente, porque los primeros nunca habían sido tratados con tales medicamentos, en tanto que muchos de los europeos estaban ya acostumbrados a ellos.
Los accidentes debidos a los antibióticos
No sólo la actividad beneficiosa de los antibióticos ha disminuido notablemente, sino que, además, su empleo resulta a veces peligroso. Un dato alarmante es el de que los investigadores han descubierto centenares de sustancias capaces de destruir los microbios o de suspender su actividad, pero entre ellas sólo unas veinte son utilizables en terapéutica y éstas causan, cada vez con mayor frecuencia, numerosos accidentes:
Accidentes alérgicos, sobre todo en aquellos países en los que se emplean los antibióticos en gran cantidad y en los que se llega a una extraordinaria sensibilización a su respecto.
Accidentes de la circulación, ya que los antibióticos pueden causar una leve anemia, una reducción del número de glóbulos blancos, e incluso su total desaparición.
Accidentes tóxicos, que afectan al sistema nervioso y en particular a la audición y al sentido del equilibrio (sobre todo con la estreptomicina), así como a los ríñones.
Accidentes de infección, en los que una nueva infección viene a añadirse a la primera todavía no curada; a menudo hay destrucción de la flora microbiana normal del intestino.
Las vitaminas
Las numerosas propiedades de las plantas son debidas a suS constituyentes, y entre éstos las vitaminas ocupan un lugar muy importante.
En nuestros días, la terapéutica vitamínica suele efectuarse por absorción de un producto químico complejo. Sin embargo, no se puede olvidar que las vitaminas están presentes en las plantas y que es preferible recurrir a éstas en lo que respecta a las vitaminas naturales. Las vitaminas sintéticas no pueden sustituir a las naturales, y numerosas afecciones que no pueden curarse con una elevada dosis de las primeras se curan con cantidades mucho más reducidas de vitaminas naturales.
Cuando las vitaminas sintéticas fueron comercializadas, las dosis entonces empleadas eran muy reducidas, por prudencia. Al no producirse ningún accidente grave (¿pero quién sabe si habrá trastornos crónicos ulteriores?), las dosis fueron aumentadas ¡incluso centuplicadas a veces! Según trabajos realizados por los japoneses, parece ser que estas fuertes dosis no son tan inofensivas como se ha creído hasta la fecha, y por otra parte, ¿no serán imputables ciertos fracasos deportivos a un empleo demasiado intensivo y prolongado de mezclas vitaminadas en dosis muy altas?
Es muy posible que una hipervitaminosis (exceso de vitaminas en el organismo) sea tan nefasta como una hipovitaminosis, y siempre será más prudente evitar una falta de vitaminas con una nutrición sana y equilibrada, que comporte frutos y verduras frescas en cantidad suficiente.
Las sales minerales, los metales, los oligoelementos y los catalizadores
Durante  mucho  tiempo,  las  vitaminas ocuparon el lugar más destacado en materia de salud y enfermedades, pero después, a medida que se realizaban nuevos descubrimientos, se supo que otros numerosos elementos constitutivos de las plantas eran igualmente importantes, aunque en cantidades mucho más reducidas.
Por este camino, los enzimas (diastasas, fermentos) llegaron a hacerse familiares, seguidos de los metales, los oligoelementos y los catalizadores.
Desde muy antiguo es conocida la importancia de elementos tales como el calcio, el fósforo, el magnesio, el yodo y el azufre en el mantenimiento o el restablecimiento de la salud. Todos estos elementos se encuentran en asociaciones diversas en el reino vegetal y, consecuentemente, en los organismos ani-
males, para los que son del todo indispensables.
Los oligoelementos y las plantas
Los oligoelementos participan en la mayoría de las funciones del organismo: vitamínicas, hormonales, antibióticas, enzimáticas. Varios trabajos recientes han demostrado que son indisociables de tales funciones, cuando hace pocos años se les consideraba todavía como impurezas. De ahí precisamente viene un grave error, ya que al ser juzgados como impurezas se pretendió eliminarlos de los alimentos que los contenían, y entonces fueron refinados.
A pesar de los conocimientos actuales, este gravísimo error sigue en vigor y numerosos alimentos calificados de refinados carecen en realidad de toda acción útil. Para paliar esta carencia, a veces es posible, como en el caso de las vitaminas, efectuar una selección de vegetales para utilizar los mejor provistos de oligoelementos.
Cómo utilizar las plantas
Aunque derivada de ella, la aromaterapia presenta ciertas ventajas frente a la fitotera-pia. La concentración de los principios activos que componen un aceite esencial es constante y bien definida, lo que permite su utilización sin dificultad, y al presentarse casi todas las esencias bajo la misma forma, sus modalidades de empleo varían muy poco. Cabe agruparlas en dos categorías, según su utilización tenga lugar por vía externa o por vía interna.
La utilización de las esencias por vía externa
Pueden ser empleadas puras, en emulsión, en solución de alcohol, en forma de linimentos, o en baños (generales o locales). También se las puede utilizar en lavajes, en inhalaciones y, por último, por vía inyectable. La utilización más frecuente es en los baños, ya que presenta numerosas ventajas.
En primer lugar, los efectos que se esperan, ya sean tonificantes o calmantes,
descongestivos o reequilibradores, se dejan notar muy pronto (a menudo, basta con unos pocos baños o abluciones). En segundo lugar, el poder de penetración de las esencias permite que actúen en su totalidad y que se difundan por todo el organismo. Por ello, cuando se efectúa un tratamiento local, está particularmente recomendado el empleo de bálsamos o de pomadas a base de esencias aromáticas.
La utilización de las esencias por vía interna
Muy a menudo, las esencias son prescritas en forma de perlas o en gotas, generalmente en soluciones alcohólicas. Pueden tomarse solas o en asociación con otras esencias. Por ser muy enérgicas sus propiedades, es necesario utilizarlas casi siempre en soluciones muy diluidas, pero ocurre a veces que, cuanto más diluida es una esencia, mayor llega a ser su poder terapéutico.
Diversas modalidades de preparación y de utilización de las plantas
La dosis de las plantas será la misma, ya se trate de plantas secas o frescas, puesto que una planta fresca, aunque pese más que la seca, posee unos principios más activos. Al utilizar una planta, a veces puede ser útil observar las reacciones individuales del enfermo, teniendo en cuenta que no todas las reacciones son semejantes. Si hay que hervir las plantas, se sumergen en agua fría que se lleva a ebullición. Si la instrucción es la de dar un hervor, hay que hacer una ebullición muy breve (unos pocos segundos); en los demás casos, se hierven raíces, tallos y cortezas de cinco a diez minutos. Por último se aconseja encarecidamente no utilizar cacerolas de metal sin recubrimiento; siempre es preferible el metal esmaltado. Si se desea dar un sabor dulce, es mejor prescindir del azúcar y recurrir a la miel.
Las plantas o los extractos de plantas se utilizan o se presentan de diferentes maneras:
Aceites. Son maceraciones de mezclas de plantas secas o de sus raices con igual cantidad de aceite (de oliva, de almendras, de nuez, etc.). Se dejan tres semanas a temperatura normal, revolviendo alguna que otra vez; seguidamente, se echan en frascos. Se obtienen así aceites medicinales o culinarios, como el aceite de camomila (utilizado en fricción contra dolores neurálgicos), aceite de milenrama (contra dolores y quemaduras), y aceites aromatizados con tomillo, laurel o romero para las parrilladas.
Alcohólalo (o tintura alcohólica). Líquido obtenido por maceración de una planta fresca en alcohol. Su peso ha de ser cinco veces superior al de la planta.
Baños. Recientes investigaciones científicas han permitido demostrar la absorción a través de la piel de los principios activos presentes en el baño. Un baño aromático de tomillo o de agujas de pino actúa con gran eficacia sobre los pulmones ya que, aparte la inhalación de los vapores, las esencias atraviesan la piel, pasan a la sangre y llegan así al aparato respiratorio. Por mediación de la sangre, los principios activos se difunden, pues, en todo el organismo, lo que permite tratar múltiples afecciones, tanto de índole física como psíquica.
Los baños aromáticos. Se meten en una bolsita 500 grs de la planta necesaria (250 grs para los niños), se vierten encima 3 ó 4 litros de agua hirviendo y se deja en infusión 10 ó 15 minutos en un recipiente cerrado. Esta infusión se mezcla con el agua del baño. Las principales plantas utilizadas para los baños son el enebro (artritismo y reumatismo), la lavanda (sedante, propia para alternar con baños de pino, de romero o de algas marinas), la mejorana y el tomillo (vigorizantes), el pino (vigorizante, recomendado contra reuma y gota), el romero (vigorizante, sobre todo para los niños), la trementina (reuma), y la salvia (vigorizante y antirreumática). Hoy en día ya no se preparan decocciones para los baños, pues las han sustituido ventajosamente los concentrados de esencias aromáticas especialmente preparados con este fin.
Los baños de esencias y de algas aromáticas. Esta moderna asociación (1964), utilizable en el mismo baño, ha permitido ampliar considerablemente las indicaciones ya que el cuerpo aprovecha una y otras propiedades.
Embrocación. Aplicación de un líquido apropiado, friccionando con él la parte enferma.
Extracto. Sustancia obtenida por evaporación parcial de una dilución a base de agua, de alcohol o de éter con una planta aromática. Al continuar la evaporación hasta obtener un liquido cuyo peso sea el de la droga utilizada, se obtiene un extracto fluido.
Fomento. Decocción o infusión de plantas que se aplica a la parte enferma con la ayuda de compresas empapadas en el líquido, o bien mediante fricción con el líquido caliente.
Hidrolado. Droga obtenida por contacto con el agua (maceración, infusión, decocción).
Hidrolato. Agua destilada que contiene los principios activos de una planta.
Infracto. Extracto especial que sólo puede ser obtenido a partir de la planta que ha conservado su composición primitiva.
Irrigación. Líquido destinado a ser introducido en una cavidad natural o accidental (fístula), con la ayuda de una jeringa, una cánula o una ducha. El liquido es una infusión o una decocción. En general, se utilizan unos 30 grs de la planta recomendada por cada litro de agua.
Jarabe simple. Disolución de azúcar en agua (180 grs de azúcar en 100 grs de agua), a la que se incorpora el principio terapéutico deseado.
Loción. Preparación liquida obtenida por infusión o decocción, y pasada, luego, a través de una tela fina. Es utilizada como lavaje de la parte que se quiere curar, con la ayuda de una turunda de algodón hidrófilo empapada en el líquido.
Oleo-sacarífero. Mezcla de aceites esenciales y azúcar, para aromatizar las bebidas.
Polvos. Se obtienen por pulverización, en un mortero o bien en un molinillo, de las plantas desecadas: hojas, simientes, corteza, etc. Los polvos son a veces comprimidos en forma de sellos o cachéis, pero a menudo son agregados directamente a los alimentos o a las bebidas. Ciertos polvos (como los estornudatorios) son introducidos directamente en la nariz y aspirados, como antes se hacía con el rapé.
Tintura. Líquido obtenido por disolución de los principios activos de sustancias medicamentosas en un líquido apropiado.

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